Palabras para hacer llover: Conversación con Daniel Carbonell Parody

Jorge Salazar Vergara

La escritura de Daniel Carbonell Parody propone una mirada atenta y sutil que converge en la creación de imágenes poéticas como una forma de establecerse en el mundo y abarcar su naturaleza. Aunque es un autor joven, la voz, el estilo de su narración y sus preocupaciones artísticas empiezan a ser identificables. En su libro más reciente, Las imágenes sagradas (2020), hilvana una serie de relatos en los que cada imagen representa una pequeña porción de un universo narrativo construido desde la memoria y los sueños. Las voces de este libro son ecos que exploran ese espacio amorfo y borroso que son los recuerdos, para crear, desde la apropiación del lenguaje, una manera distinta de reconocerse. 

Quienes conocen a Daniel saben que prefiere pasar desapercibido. Por tanto, esta entrevista en la que conversamos acerca de la estructura del cuento, la memoria, los talleres de escritura creativa y lo que significa escribir en el Caribe es una buena oportunidad para acercarnos a una obra llena de belleza, fábulas, aves de todo tipo, y una palabra luminosa escondida entre las sombras. 

Jorge Salazar Vergara

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A la derecha: el escritor barranquillero Daniel Carbonell Parody. A la izquierda: portada del libro Las imágenes sagradas (2020).

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Jorge Salazar Vergara: En “Palabra para hacer llover” ―un relato bellísimo sobre la creación de un nuevo espacio habitable― se percibe un intento de resignificar el vacío a través de la palabra que se oculta. ¿Crees que el no decir sea una forma de llevar al lector a esa sensación de vacío?

Daniel Carbonell Parody: Sí, esa sensación de vacío e incompletitud. Yo tampoco sé cuál es esa palabra del relato, honestamente. Aunque no esté en el cuento, con toda seguridad está en el idioma español. No obstante, el personaje del relato sí que sabe cuál es esa palabra, que designa un dolor muy secreto, muy íntimo. Al final la propuesta es que cada uno determine cuál es esa palabra que olvida o trata de olvidar todos los días, que esconde y guarda en el fondo de las cosas, y de la que sin embargo no puede deshacerse por completo, porque algunas cicatrices son, afortunada o desafortunadamente, permanentes.

J. S. V: Tus relatos giran alrededor de imágenes u objetos como uvas, pájaros, una palabra escrita en una caja o unos caracoles, que activan y desencadenan toda una exploración sensorial a través del recuerdo. ¿Cómo fue para ti el proceso de construir estos narradores que se acercan a la memoria desde un lenguaje lleno de imágenes?

D. C. P: Pienso que es maravilloso poder contarle a otros las experiencias que uno ha tenido. Y muchas veces eso que nos pasa se puede reducir a una sola imagen o momento. Por ejemplo, para quienes tienen sueños y los recuerdan no es raro amanecer con impresiones sensoriales que pueden ser muy vagas o muy precisas y, a menudo, esas impresiones suelen estar aisladas de la secuencia completa del sueño. No sé si hay quienes, al pensar en una cosa, piensan en la totalidad de esa cosa. Cuando pienso en una película y quiero referirla, lo primero que viene a mi mente es la escena que más me gustó. Si quiero hablarle a alguien de una canción, lo hago siendo atravesado por la sensación que me produce esa música. Así funciona para mí. No obstante, para el personaje que cuenta su vida o un arco importante en ella, cada cosa es toda la cosa, porque en ese tiempo de la narración en que están envueltos, todo es una misma unidad. Y hay una cuota de dolor que es necesaria para la imagen, y que es aportada por el recuerdo y la memoria; por esta razón, lo que hacen los narradores de mis relatos es fundamentalmente evocar, pues en la evocación suele haber más melancolía que en otras formas de narrar. Y la melancolía me gusta: siempre me ha parecido algo muy puro, aunque poluto… ensombrecido y a la vez luminoso.

J. S. V: Podríamos decir que estos relatos, y tu escritura en general, ¿surgen para ti de una imagen fija, anterior?

D. C. P: La mayoría de las veces, sí. Creo que no puedo escribir sobre algo si estéticamente no me interesa lo suficiente, pero más allá de que la estética lo avale y me prometa una imagen hermosa y bien configurada, es imprescindible que esa imagen tenga el poder de comunicar por sí sola, aun si está desprovista en algunos casos de contexto. El cuento que da nombre al libro, por ejemplo, se construyó todo en función y al servicio de la imagen de un pájaro que se posa en el hombro de una mujer para hacer caer su túnica, y lo que yo vi allí es la capacidad que tienen las cosas más pequeñas de causar los mayores revuelos, o cómo a veces es necesario tan poco para que pueda existir la belleza. 

J. S.V: Si empezáramos a ahondar en tu escritura, que evidentemente está compuesta por una prosa poética sutil y diáfana, ¿a qué autores crees que deberíamos remitirnos para entender el proceso de construcción del tono de la narración en estos relatos?

D. C. P: Realmente no lo sé. Pienso que el tono es a la vez aprendido e involuntario. Lo vamos recogiendo en las lecturas que hacemos. Creo también que cuando una lectura nos gusta mucho no podemos evitar cierta emulación, que por lo demás es necesaria en todo proceso artístico, sobre todo cuando uno quiere encontrar algo o encontrarse. Siempre es complicada la pregunta sobre el tono porque el lector puede no ver o sentir lo mismo que uno ve y siente, y porque hasta cierto punto los escritores no somos del todo conscientes de a quién o a quiénes emulamos, pero yo podría decir que he tratado de hacer en algunos cuentos lo que Kawabata hizo con sus Historias de la palma de la mano, las cuales tienen un vacío interno muy bello, un dejo de incompletitud, como si hubiera algo allí muy importante, pero intraducible. También leí en los meses previos a la publicación del libro los cuentos completos de Marguerite Yourcenar, y desde siempre la poesía del español Aníbal Núñez, a quien admiro profundamente.

J. S. V: Quisiera que destacáramos algo que me parece importante en tu formación como escritor: los talleres de escritura creativa. ¿De qué manera estos han influido en tu forma de narrar? Y, ¿cómo ves el panorama de estos espacios en Barranquilla? 

D. C. P: He sido tallerista del José Félix Fuenmayor por casi diez años. A mí los talleres de escritura me parecen una maravilla porque solo he tenido experiencias buenas con ellos, pero conozco a personas que han recibido algún comentario que no les gustó y que los desalentó, no de la literatura, sino de asistir a talleres y mostrar sus textos. Y eso no es tan bueno, porque en todo proceso creativo siempre vale la pena contar con otro par de ojos, de oídos o de manos, ya que las cosas vistas desde afuera siempre lucen diferentes. Además de brindar herramientas técnicas y conceptuales (“mostrar en vez de decir”, “el dato escondido”, “las dos historias”, “el ripio”, etc.) los talleres de escritura creativa te ponen en contacto con gente que piensa y escribe diferente, y esa diferencia nutre cada proceso. Y qué decir de la posibilidad de ir a una tiendecita después de acabar la sesión, que es otra cosa maravillosa que puede ocurrir un sábado a las seis de la tarde, en ese formato de post-taller.

J. S. V: Detengámonos ahora en lo que significa para ti escribir en Barranquilla. ¿Piensas tu escritura como una forma de acercarte al Caribe?   

D. C. P: No sé si mis temas, mis personajes o mis procedimientos reflejan al Caribe. Supongo que lo harán de alguna forma, inevitablemente, pero esto no es algo que busque… y si sucede, no estoy seguro de cómo. Tampoco he sentido nunca la obligación o la urgencia de que el Caribe aparezca en mis textos, pero sí me he preguntado muchas veces si debería hacerlo, si acaso es una responsabilidad que estaré evadiendo. Creo que el Caribe es hermoso, risueño, errático, inverosímil; es en todo caso más de una cosa. Difundirlo, mostrarlo, me parece noble y justo. No pienso en mi escritura como en una forma de acercarme al Caribe, pero sí es en definitiva una forma de acercarme a mí, que soy del Caribe y que por estar aquí me veo felizmente forzado a aprender sus formas. Aunque no las escriba o las muestre directamente, las vivo, y eso de momento me basta.

J. S. V: Por último, ¿qué estás leyendo por estos días?

D. C. P: El libro del desasosiego, de Pessoa, un texto que sin éxito he tratado de devorar. No creo que se pueda.

A propósito de la publicación de esta entrevista, el escritor Daniel Carbonell Parody decidió compartir con Aluvión uno de los relatos que componen su libro Las imágenes sagradas. Lo encontrarán a continuación. Esperamos que lo disfruten.

Palabra para hacer llover

A Danhia

Los ayudantes la dejaron húmeda y sin envolver en la repisa. Haría falta cuidarla del ajetreo de la mudanza, mientras todo lo demás ocupaba su lugar. ¿Estaría bien allí, preservada lo suficiente? Entrada la tarde, esparcidas arbitrariamente por el piso de la sala y en ocasiones apiladas unas sobre otras, las cajas despedían el olor sepia de la nostalgia. Al moverlas, las vajillas y abalorios del interior sonaban como pájaros diminutos. Algunas de esas reliquias, ya fuera por viejas o hendidas, aún denunciaban la presencia del antiguo hogar, no obstante, relucían. A cuántas mudanzas debían verse sometidos esos trastes para ganarse el derecho a descansar en una zanja o a los pies de la generosidad.

Salma, quien a pesar de volver a mudarse sola cargaba todavía con esos trastes que ya había prometido regalar, no estaba segura de por qué aún los conservaba. Indicándoles a los ayudantes dónde colocar los muebles o una mecedora, miraba a veces de reojo y sin saber por qué aquellas cajas contenedoras de un pasado que ni siquiera era suyo. Al hacer entrar las macetas con sus plantas se acordaba también de la palabra que descansaba en una repisa, húmeda con el mador de los recuerdos. Una palabra sola, que no haría falta más que mover descuidadamente de su sitio para que empapase los tapices, los cuadros que apenas eran colgados, los estantes que aún no se instalaban, y ahogara las plantas y pudriera el cartón de las cajas llenas de cosas. Hacía mucho tiempo que nadie pronunciaba esa palabra, y se había secado un poco en el olvido, relegada al cuarto del fondo de su antiguo apartamento. Pero ahora el rumor de lejanas precipitaciones y el ajetreo de la mudanza parecían haberla revitalizado, y volvía a estar cubierta de un rocío impropio, como el de un vaso.

Uno de los ayudantes se acercó a Salma para hacerle firmar un papel. Solo al tomar el bolígrafo se dio cuenta de que no había suficiente luz para leerlo o para escribir su nombre sobre la línea. En vez de encender las luces se inclinó hacia la ventana, por la que entraban los últimos jirones del día. Firmó. Al despedir a los ayudantes echó una mirada a ese último rescoldo de la tarde, en el que lentas y casi desvanecidas nubes se movían hacia la nada sobre un cielo hecho de trazas de grana prontas a fundirse. Cuántas veces se halló al borde de una lumbre así, pavorosa, inclinada ante las chispas del recuerdo. Al quedarse por fin sola, pensó en el aire también solitario de las tardes de su infancia, en las que jugaba a adivinar quién estaría al final de los pasillos según la manera de pisar o de abrir una puerta. Tiempo remoto ya, calcificado, perdido en anaqueles y viejos álbumes familiares. Debió sin duda haber echado todo aquello a la quema desaforada del olvido cuando dejó la casa de sus padres, y así sería otra.

Salma se dejó caer sobre una silla forrada en papel film y miró a su alrededor. Todos aquellos objetos, algunos en su sitio y otros aún en cajas, le parecieron ahora ajenos. Ni siquiera los cuadros, algunos de los cuales ella misma había pintado, le eran familiares. Las plantas, que habían nacido y madurado bajo el cuidado atento de su mano, ahora daban la impresión de haber sido cortadas y plantadas en las macetas al arbitrio de un jardinero descuidado. Acabó por invadirla incluso la extraña sensación de que su cuerpo no era suyo, de que su piel no era esa sino otra, de que esta se la habían regalado, como si su propia vida estuviera guardada también en esas cajas junto a pájaros diminutos y brillantes. Se sintió incapaz entonces de reconocer sus propias cicatrices, pero no experimentó por ello ningún dolor. Solo al posar la mirada sobre la palabra que ya empezaba a brotar en la repisa sintió que algo era, por fin, y más que ninguna otra cosa, suyo. Se levantó de la silla de un salto para tomarla entre sus manos, que se empaparon. La palabra despedía un olor a lluvia más fuerte y más penetrante que el de las cosas viejas, y su ánimo de precipitarse copiosamente sobre ellas borró el polvo y limpió el aire. Salma la puso fuera, entonces, junto a la puerta, muy despacio, no fuera que empapase todo lo demás.

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Daniel Carbonell Parody (Barranquilla, 1993). Poeta y narrador. Licenciado en Español y Literatura. Ganador en la cuarta versión del Concurso Nacional de Cuento RCN-MEN, premiado en el marco del Hay Festival 2011. Primer lugar en el Concurso Regional Mesa de Jóvenes “Jorge García Usta”, organizado en el marco de PoeMaRío (2017). Relatos suyos fueron publicados en el libro Mientras haya cuentos, y en la antología RELATA 2017. Su poemario La edad de las aves recibió en el 2018 la Beca Distrital de Poesía Ciudad de Barranquilla, otorgada por el Portafolio de Estímulos de la Secretaría Distrital de Cultura. En 2020 su libro de cuentos Las imágenes sagradas ganó el Primer lugar en la Categoría de Creadores con larga trayectoria (Portafolio de Estímulos Germán Vargas Cantillo).

Jorge Salazar Vergara (Barranquilla, 1994). Abogado. Magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia. Ganador de la octava versión del Concurso Nacional de cuento Ministerio de Educación-RCN con el relato “Tránsito de muerte” (2014); Segundo puesto en el concurso PoeMaRío (2018). Ha publicado en el suplemento literario del diario La Libertad, en la revista Latitud de El Heraldo, y en la revista Viacuarenta. Ganador del proyecto «Crear Convivencia» de la Gobernación del Atlántico (2020). Tercer puesto en el concurso “R.H. Moreno Durán SUB 35” (2021). Su primer libro de relatos será publicado bajo el sello de la editorial Escarabajo.

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