Y la lluvia no dejaba de aullar: Conversación con Ana Victoria Padilla

Daniela Torres Pérez

Escuchando aprendí a mirar
Escuchando aprendí a hablar
***
En esta ausencia de palabras
escucho
para ser más que este nombre dado
― Ana Victoria Padilla
en «El señor del bosque móvil» y «Promesa».

¿Cuáles son los sonidos de nuestra vida?, ¿cómo cambian los ritmos y los sonidos que nos acompañan a través del tiempo? La obra de Ana Padilla Onatra parte de entender la poesía no solo como género literario, sino como una fuerza que está en todas las cosas. A Ana le interesa explorar las relaciones posibles entre la palabra y el sonido, haciendo énfasis en las posibilidades poéticas que podemos encontrar más allá de la palabra hablada/escrita: los sonidos que se repiten en la ciudad, los cantos de las aves y de los vendedores ambulantes, el ruido del agua al golpear la tierra, el agua que es llanto y también resurrección.

La poesía de Ana Padilla Onatra es una invitación a buscar la poesía con todo el cuerpo, por medio de la escucha, del tacto, de la vista… y en todas partes. Sus poemas nos hablan de un tiempo mítico, primordial, casi prehistórico, que nos hace cuestionarnos sobre la separación que sentimos frente a la naturaleza que nos rodea. Se trata de un tiempo de criaturas prehistóricas, ángeles y mujeres que nos sostienen. Es casi como si la naturaleza nos recordara y reclamara que hacemos parte de ella. Ana Padilla nos enseña su forma de recobrar el asombro ante lo cotidiano, casi como niños que ven, escuchan y sienten el mundo como nuevo. Se trata de una apuesta política en un mundo lleno de ruidos y afanes que nos impiden detenernos, escuchar los pájaros en la mañana, observar las flores que caen al piso y tocar el agua con las manos.

Daniela Torres Pérez

*A la izquierda, collage alusivo al poemario Miniaturas del asombro (2024), de Ana Victoria Padilla. A la derecha, retrato de la autora (archivo personal).

Daniela Torres Pérez: Tu obra presenta una visión amplia de la poesía que se materializa en los diferentes formatos que trabajas: la poesía sonora, la poesía escrita, la elaboración de fanzines. ¿Qué elementos crees que articulan todo tu trabajo?

Ana Victoria Padilla: El principal elemento articulador es la poesía misma. En las composiciones sonoras y los fanzines el poema siempre está presente. Quizás, el poema actúa como motor para explorar la poética de la escucha y la fonografía de los paisajes sonoros, la oralidad, los sonidos generados por objetos que no se piensan como instrumentos, pero que al sacarlos de su uso habitual pueden dar cuenta de sonoridades insospechadas; o bien, para explorar la poética del hacer manual y la edición artesanal. 

En todo ese proceso, otro elemento articulador es el sentido lúdico, es decir, la disposición a jugar con elementos diversos para componer una pieza sonora o un fanzine, siguiendo la intuición poética que suscita estas exploraciones. Creo que las composiciones y acciones sonoras no son solo un medio para compartir mis poemas. Esa fascinación por el universo sonoro es una forma de querer conocer el mundo a través de la escucha y luego hacer el ejercicio colectivo de conjugar esos sonidos con mis poemas. Ese ejercicio creativo es una de las exploraciones que realizo con mi cómplice, el músico y productor Emanuel Julio, en nuestro proyecto Murmuration [poesía+sonido]. Con Emanuel estamos trabajando en la grabación de un EP (un álbum de corta duración) como parte de Miniaturas del asombro, mi más reciente poemario.

Hacer fanzines o crear un libro es construir un alojamiento, una casa para los poemas… las ideas, la memoria, las ensoñaciones; para todo lo que está condensado en esa miniatura que es el poema. Esta especie de arquitectura implica un hacer manual y reflexivo, propone en sí mismo una narrativa, una manera de pensar el fanzine o el libro desde una apuesta estética específica. Para la autoedición y publicación de Miniaturas del asombro estoy trabajando con dos diseñadores e ilustradores increíbles, con quienes desde hace varios años quería trabajar: Omar Pineda y Helen Pineda. Gracias a uno de sus talleres aprendí a coser fanzines. Poder construir con ellos esta casa para mis poemas es todo un sueño.

Daniela Torres Pérez: En varios de tus poemas encontramos referencias a un tiempo prehistórico, de las primeras cosas, junto con una preocupación por el paso del tiempo, por la huella humana en el mundo, ¿qué lugar tienen estos temas en tu trabajo?

Ana Victoria Padilla: Esos temas presentes en mi trabajo, que me fascinan e inquietan a la vez, como otros tantos, no han llegado de manera consciente. Es decir, no me he propuesto escribir sobre ellos de manera planificada. Han llegado, intuyo, porque son realidades que me tocan, me atraviesan y dialogan con mi música interior, con mis ensoñaciones, con el paso del tiempo sobre mi casa, los objetos, mis seres queridos, mis propias pérdidas. Es un ir y venir entre la casa pequeña y la gran casa que habitamos. Los poemas aparecen primero en el papel y luego pasan a una etapa de reescritura y edición; allí es cuando comienzo a reconocer hacia dónde apuntan, qué es lo que se ha estado cocinando internamente, cuáles son las resonancias que comparten. Ese momento es muy valioso, de repente puedo ver la semilla que está creciendo entre mis manos y eso me maravilla, me asusta y me moviliza a la vez. 

Ahora, creo que ese acto de escuchar lo que está latente en el poema es un ejercicio incompleto, siempre queda abierto como los libros, como la escritura. Por eso, ha sido precisamente en el constante acto de escribir, y en diálogos tan significativos como estos, que he venido a reconocer lo mucho que me interpelan estos temas. 

Daniela Torres Pérez: Has mencionado que existe una correspondencia entre las preguntas de las niñas y los niños con las de ciencia. En tus poemas están presentes algunas preguntas por el estudio de los animales y de la tierra. ¿Qué lugar crees que tiene la mirada de la/tu poesía dentro de estos estudios y preguntas?

Ana Victoria Padilla: Tiene el lugar de quien interroga, explora y vive con la curiosidad que es común a todos. La poesía, entre tantas otras cosas, también nos da la posibilidad de acercarnos a esas preguntas en torno a la existencia que nos acompañan desde la niñez (ya sea acerca de la vida animal, vegetal, de la tierra u otras) a través de nuestras propias experiencias y nuestros entornos más próximos, es decir, a una escala más pequeña, cotidiana e íntima. Sin la intención de obtener respuestas, ni plantear teorías. Por el contrario, nos invita a contemplar, a dejar que aparezca lo otrx, a percibir la poética del mundo. Me parece que a través de la poesía podemos dinamizar nuestra percepción, renovar la mirada, la escucha del animal, de la tierra en general; y con esto, avivar el afecto y la ternura hacia el otrx que está frente a mí y que también soy

“Devolverle al mundo su poética”, escribe el filósofo Byung-Chul Han en su libro Loa a la tierra. Devolverle al mundo su poética y regalarnos a nosotros mismos la posibilidad de los afectos, la ternura sobre la vida no humana. A veces me pregunto si la preservación no estará también en los afectos, la comunicación y relación colaborativa entre el pájaro guía de la miel y los masáis, por ejemplo. Si hay algo que podemos añorar de un tiempo “prehistórico”, con el que podemos ficcionar, fantasear, imaginar y devenir con -a lo Donna Haraway-, es la posibilidad de volver a escuchar la orquesta del mundo, para tejer conexiones que nos permitan percibirnos como parte de aquello que llamamos naturaleza. La memoria, la poesía, la ciencia, la tecnología y tantos otros saberes son entonces el lugar de la imaginación y las posibilidades del futuro presente. Me parece que fue Humberto Maturana quien alguna vez afirmó que escuchar es permitir que el otro aparezca sin anteponer prejuicios, supuestos o exigencias. Dejar aparecer al otro, escuchar al otro, viene a ser el amor.

Entre tanto mi escritura va, sin mucha prisa, intentando transitar por ese puente que nos regala la poesía para acercarnos al alma de las cosas. Ese puente que nunca es uno solo y ese andar que muchas veces es a tientas. 

Daniela Torres Pérez: La memoria es un tema central en tus poemas. Hay una memoria inventada y recuperada de un tiempo prehistórico e ideal, y una memoria del paso del tiempo, de la extinción de animales, de la contaminación y la huella humana en la tierra. Estas memorias parecen configurar una advertencia a un futuro que parece catastrófico. ¿Cómo trabajas con la memoria en tus procesos de creación?

Ana Victoria Padilla: La memoria está presente en mi trabajo poético, allí se manifiesta la inquietud por el pasado, por lo que se fuga, por esa sensación efímera del presente, por las especies que desaparecen y nos siguen hablando en su ausencia, por la huella que logra perdurar y pese a eso nos llega como un fragmento o indicio de algo que siempre se nos escapa. Inquietudes que identifico tanto en los poemas que se aproximan a una historia en mayúscula (por llamarla de alguna forma) y una historia mínima, sea personal o no. En ambos casos, no creo que se trate de un tiempo ideal, mi visión del pasado no se reduce a la imagen idealizada de un tiempo ido. Quizá lo que despierta estas preguntas esté asociado con la curiosidad que todos compartimos por la existencia, nuestro presente, cómo hemos configurado el mundo… y cómo a la vez vivimos con la gracia de la incertidumbre. Tanto en el plano de la historia de la humanidad como en la microhistoria

En Nostalgia de tigre, en aquellos poemas que hacen alusión a temas universales o al saber científico y la ―sin duda― relevante labor de las instituciones que se han propuesto estudiar el pasado, preservar la herencia de la humanidad o catalogar el “mundo natural”, la voz poética está insistiendo en la imprecisión del conocimiento, en la ilusión de ordenar el caos y la incertidumbre de la que tampoco se escapan. Esa insistencia, más que un intento de quitarle sentido a todo ese trabajo, se da la libertad de celebrar sutilmente la imprecisión, la incompletitud y lo efímero. La Tierra no es un museo que inventariar, así ese ejercicio ―importante para la vida, utópico e incompleto― encierre una belleza, de la que no soy nada indiferente… por el contrario, me atrae muchísimo. De ahí que tome el recurso del inventario para crear uno afectivo con recuerdos o brevísimas historias de cosas que han perdido algunas amistades. Entonces, así como hay poemas que excavan en la tierra para hallar el rastro de un tiempo prehistórico, también hay otros que excavan en la memoria cotidiana. Lo mínimo también es una vía de acceso a lo real, a lo infraordinario (como dice Georges Perec), a la memoria de las cosas comunes, a las historias que encierran los objetos domésticos, al mundo de los insectos que nos resulta tan ajeno y la imaginación que ensancha la realidad de la que nace. 

Para cerrar, solo quiero anotar que la escritura como memoria también se vive, a través de esta podemos experimentar lo que ya no existe: juntar indicios de la abuela materna que no conocí o el rugido de un tigre extinto y la historia de crueldad que su ausencia me cuenta. Muchas veces todas esas inquietudes, que en algún momento de la vida pueden convertirse en temas fascinantes, nacen de una pérdida, que a veces nos acompaña desde antes de nacer.

Daniela Torres Pérez: Hablemos sobre tus lecturas. ¿Cuáles son las voces con las que dialogas actualmente? ¿Se trata de voces jóvenes, del Caribe, de mujeres?

Ana Victoria Padilla: Mis lecturas son variadas. Hay libros que leí con mucha emoción años atrás, algunos me siguen acompañando, ya sea porque tengo un vínculo afectivo con ellos y/o porque resueno con las historias, temas, ideas, inquietudes y estéticas que alojan en sus páginas. A esa morada de libros que he construido como lectora, que me atraviesan y acompañan, he ido incorporando otros en años recientes. Algunos provienen de estas costas y otros cruzan los mares.

Como me preguntas por el contexto Caribe y por la actualidad, aprovecho la ocasión para referenciar el trabajo que están realizando algunxs poetas jóvenes en Cartagena, mi Caribe más cercano. Pienso por ejemplo en las personas que integran actualmente el Taller de Poesía Héctor Rojas Herazo: allí hay voces muy potentes y arriesgadas como las de Yenis Vasquéz, Valeria Burgos Nacimento y Jesús Ozuna. También celebro muchísimo el trabajo de María Patricia Vengoechea, quien ahora reside en Barranquilla y hace poco publicó su hermoso poemario Árboles; el de Helen Vega, Julio Márquez Ariza, Salvador Hernández, Santiago Zambrano y de otrxs poetas cuyos textos se pueden encontrar en la muestra El ala que no cesa. Por supuesto, el muy querido poemario Y ahora qué hago yo con esta cuchara de María Buelvas Badrán, así como sus recientes exploraciones en torno a la poesía y la música con Luisa Ochoa y Noelia Castilla, dos cantantes maravillosas. 

Destaco también la apuesta de Muévelas, un proyecto liderado por Katherine Osorio, una poeta del movimiento, que en cada encuentro que organiza invita a lxs asistentes a moverse a la luz de los poemas que son leídos en voz alta. Asimismo, destaco muchísimo el trabajo de Catalina Sierra, ella y Katherine son hijas abrazadas por el Caribe. Catalina ha estado propiciando encuentros y construyendo comunidad con mujeres poetas de La Guajira, Santa Marta, Barranquilla, Cartagena, Santo Domingo y Puerto Rico en torno al slam, la poesía oral y concreta. De este proceso pronto sacará con el poeta Manuel Díaz una publicación titulada Eufonías de la ceiba bruja. Ella, además, explora la poesía a través del collage y el video. Conocer sus poemas, como los de Eduardo Avendaño, poeta y librero cartagenero, ha sido un bello encuentro con la poesía recientemente. Eduardo tiene un poemario titulado Desastres naturales, de una belleza increíble, quizá porque sus poemas crecen con el musgo, con la semilla que llevan los pájaros o con la ausencia del árbol de pomarrosa que vuelve a florecer gracias a la poesía y la memoria. También resalto la labor fanzinera y la escritura híbrida, y siempre poética, de mi amigo Jair Buelvas, cómplice de muchas aventuras. Con Jair y otrxs amigxs, hace trece años, integramos dos grupos de lectura, juego y escritura llamados Juguete rabioso y la Comunidad Patafísica. De esa época atesoro muchísimo las lecturas que realizamos, y la complicidad de leernos y motivarnos a seguir con nuestras propias búsquedas. 

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