Por eso yo me quedo en mi casa: Conversación con Kirvin Larios

Sheyla Durán Oviedo

Asómate por la ventana y verás: familias viviendo en apartamentos estrechos, niños matriculados en colegios de triple jornada, personas buscando amigos para toda la vida, parejas reproduciéndose con el argumento de un futuro mejor, oficinas y centros comerciales en aumento. Es terrible, Sally, y a mí no me conmueve en lo absoluto. La realidad me tiene sin cuidado. He perdido la compasión que necesita todo planeta en ruinas.
¡A este paso temo que terminaré engendrando un hijo!
Kirvin Larios en “Imborrable olorcito a cloro”.

Conocí a Kirvin Larios por primera vez en 2019, en una conferencia de la Feria Internacional del Libro de Barranquilla (LIBRAQ), cuando acababa de publicar su libro de cuentos Por eso yo me quedo en mi casa. Me impresionaron su elocuencia y su mirada crítica, las cuales se evidencian en sus relatos. Larios combina el humor y la sátira con una narración poética, directa y coloquial, para reflexionar sobre la cultura contemporánea, la ciudad y los seres que la habitan. Desde un bus, un parque, un restaurante o una plaza de comidas, los personajes cuestionan y ponen en evidencia el espacio que ocupan, mientras se preguntan quiénes son en esa ciudad. Así, los relatos sirven de espejo, uno donde la exploración del entorno está entrelazada con la exploración de la propia identidad. Desde la narración en primera persona, los relatos nos envuelven en una atmósfera violenta, cruda, caótica, impredecible y absurda que (des)dibuja Barranquilla y nos invita a preguntarnos por los roles y lugares que ocupamos.

Gracias a Kirvin por su tiempo y generosidad, y a todo el equipo Aluvión por su complicidad. Esta conversación se desarrolló en el marco del proyecto Bocas de río: Narrar la ciudad desde los márgenes, ganador de la beca Jóvenes por el Cambio 2023 (Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes).

Sheyla Durán Oviedo

A la derecha: Fotografía del libro Por eso yo me quedo en mi casa (Destiempo, 2018), tomada por Cinthya Escorcia. Las ilustraciones de portada fueron realizadas por la artista plástica Cinthya Espitia. A la izquierda: Retrato del autor (archivo personal).
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Sheyla Durán Oviedo: Desde Aluvión nos hemos venido cuestionando las formas en que habitamos una ciudad, especialmente una como Barranquilla, que ha sido construida en torno al comercio y que además es poco amable para la mayoría de sus ciudadanos. En los cuentos de Por eso yo me quedo en mi casa construyes de manera vívida espacios y atmósferas que evocan sensaciones de inseguridad, extrañamiento, decadencia y peligro. Sin embargo, es justamente en estos espacios donde los personajes de tus relatos encuentran consuelo y alivio. ¿Cómo fue el proceso de escritura de estas atmósferas y de qué manera estos espacios ficcionalizados se relacionan con tu manera de vivir y habitar Barranquilla?


Kirvin Larios:
No estoy seguro de que los personajes encuentren consuelo y alivio en esos entornos; lo que sí me parece que encuentran es un espacio en el que su voz y su carácter se despliegan de una manera especial, o en el que se intensifica su mirada. Al parecer los personajes están buscando un desvío, salirse de lo conocido o lo familiar y entregarse a lo extraño, a lo que antes no imaginaban que sucedería. Por eso el libro es una exploración de diferentes escenarios de la ciudad, espacios públicos o privados donde el contacto con el otro y/o con las multitudes provoca chispas y desencuentros. Un apartamento, un bar, un bus público, una plaza de comidas, un parque… Esos lugares hacen parte del día a día de un habitante de clase media o media baja en Barranquilla. Son lugares de socialización, de esparcimiento o de enlace con otros lugares y concentran tensiones económicas, afectivas, visuales, políticas. Lo que vemos y vivimos allí a veces desemboca en violencia y en sangre o simplemente genera momentos incómodos, indeseables. Para mí era importante tratar de ver cómo se comportaba un personaje o unos personajes en espacios así. Por momentos es como si se quedaran en un lugar más tiempo del que deberían, y al quedarse, como al permanecer en una fiesta que ya se acabó, se vuelven testigos o participantes inesperados de un clímax que, desde luego, involucra a otros. 


Sheyla Durán Oviedo:
Los personajes de los relatos parecen querer huir todo el tiempo. En “Isabel me hace reflexionar” la protagonista siente aversión a pasar demasiado tiempo en un mismo lugar y una pulsión a distanciarse para evitar sentirse demasiado humana.

Como escritor, ¿qué te llama la atención de este deseo de movimiento constante y cómo observas su relación con la huida? Huida, en este caso, frente a la posibilidad de conexión e intimidad. A su vez, ¿cómo se relaciona este deseo de movimiento con los espacios ―y la configuración de los mismos― que habitan los personajes? 


Kirvin Larios:
Ese cuento lo he pensado muchas veces como una puesta en escena de la masculinidad o de una forma de masculinidad. El hombre que quiere quedarse y la mujer que decide irse; el hombre que quiere quedarse pero pretende hundir a su mujer o pareja en ese proceso o en ese estado de cosas que teme ver cambiar. De alguna forma, también es una parodia del comportamiento masculino que exige representar un rol y convencerte de él y llevarlo hasta las últimas consecuencias, como si careciera de fisuras. En ese conflicto, es ella la que tiene que decidir, en este caso, irse… porque no quiere seguir viviendo con él. Su afán de huida y de movimiento es una amenaza para este sujeto que espera que la vida no cambie para él. Por otra parte, parece evidente que el hombre pretende que ella se pliegue a sus deseos y que se quede a su lado, pero lo hace más por una preocupación social y por el estatus que esa mujer puede proporcionarle que por un deseo de vinculación afectiva. Realmente, la mujer, Isabel, está huyendo de eso y no de un amor. Esa puede ser parte de la reflexión a la que alude el título. 

Por otro lado, y tu me pregunta me lleva a decir esto, todos los textos del libro están narrados por un hombre, una voz masculina a la que por momentos agobia la indecisión. Un trasfondo de esto puede ser que el hombre prefiere cumplir misiones asignadas, quizá como parte de un pacto que tiene con el patriarcado, es decir, con todos los hombres que lo precedieron: hacer lo que hace casi sin pensar y decidiendo poco, como un soldado que va a la guerra. De ahí que en ese relato Isabel sea la que piense, considere y sopese la situación y el hombre esté más bien preocupado por la batalla perdida y por cómo ello puede dejarlo ante sus congéneres. Pero no vamos a despojar a este personaje de su lado afectivo, que lo tiene y lo muestra —con cierto patetismo e insolencia—, pero por el momento lo que más le preocupa no son ni siquiera sus propios sentimientos. He pensado que es fácil creer que un hombre así actúa de forma egoísta o a su conveniencia, cuando probablemente lo hace obedeciendo a un sistema que lo supera pero del que se siente o se sabe protagonista. Podría tratarse de una defensa ciega del honor.

Sheyla Durán Oviedo: Mientras leía “Plaza de comidas”, donde los personajes están desesperados por buscar sillas donde sentarse, pensé en la necesidad que tenemos, como habitantes de una ciudad, de buscar espacios donde sentirnos cómodos y acogidos. Este cuento se desarrolla precisamente en un lugar que es, a la vez, público y privado, y que es el destino ideal de «los barranquilleros». ¿Qué te llama la atención de este espacio y por qué lo elegiste como escenario para esta narración? Y, ¿cómo contribuye la exploración de este lugar a tu proceso más amplio de comprender y narrar a Barranquilla?


Kirvin Larios: Elegí este escenario porque nunca había leído un texto que transcurriera en un centro comercial. También por sus cualidades, por decirlo de alguna manera, teatrales o representativas. Y también porque ya había elegido otros escenarios para los demás relatos y me pareció que faltaba situarme en un centro comercial, quizá por tratarse de un lugar al que uno en Barranquilla siempre va, ya sea por los baños, ya por la comida o por pasar un rato en el aire acondicionado. Pocos van allí a comprar ropa o entrar en los locales. Lo que importa es comer, el aire acondicionado, el cine sobre todo… y los baños. Los centros comerciales se han vuelto en Barranquilla un lugar más de tránsito, en una ciudad donde es difícil o imposible caminar, pues la calle ha sido construida para los carros (o para los trancones) y no para la gente. Hay parques, por supuesto, pero hace mucho calor y no siempre hay árboles frondosos como en otras ciudades del país. Si uno va a un lugar en el día, procura pues estar cerca de un centro comercial. En Barranquilla se han perdido cinemas, hay teatros y museos clausurados, pero hay centros comerciales que han estado firmes durante mucho tiempo, y cada zona concurrida es susceptible de albergar uno nuevo. Alrededor de ellos se reúnen, además, todas las modalidades del empleo informal, que abunda en la ciudad.

Pero creo que lo que más me llamó la atención de este lugar fue el hambre y la espera. Una vez llegué con mi familia a la plaza de comidas del Portal del Prado, era un fin de semana de Halloween y creo que hacía pocas horas hubo un evento en la Plaza de la Paz, que queda al lado. Alrededor de la plaza de comidas se acumularon grupos de gente esperando a que se desocupara una mesa para sentarse a comer. La imagen no me asombró particularmente, pero la recordé cuando estaba escribiendo y decidí preguntarme qué hubiera sucedido si hubiera habido más gente y más hambre. La respuesta es esa especie de rebelión contra unos y otros y contra los precios y demoras del lugar, y contra la normativa cosmética que impone la vigilancia en los centros comerciales. Pero sobre todo estaba la pretensión de escribir un texto sobre un personaje que, mientras come una empanada, se ve a sí mismo comer y siendo mirado por los que quieren que se levante de su mesa. Es un texto cuyo referente puede que sea (lo digo porque es uno de los primeros relatos que recuerdo haber leído con asombro) “El artista del hambre”, de Kafka, que examina en ese relato el espectáculo y su contemplación. 

En “Plaza de comidas” el triunfo del desorden, por así decirlo, ocurre en un lugar que representa un orden falso o un orden que no cumple con su cometido (como ocurre en los salones de clases con estudiantes o quizá en las celebraciones en las que todo parece a punto de desbordarse). Es, como todos, un texto importante del libro porque, además de ser el último y el más largo del volumen, muestra más claramente el deseo que tiene un personaje de vincularse a una muchedumbre a la que al mismo tiempo rechaza y admira.


Sheyla Durán Oviedo:
En “Holly, quédate conmigo” e “Imborrable olorcito a cloro” percibí un juego con la identidad. En el primero, tú decides explorar un personaje machista, desagradable y escandaloso, y en el segundo hay explícitamente una dinámica de cambio de personalidad y de juegos de rol. ¿Cómo fuiste llegando a esta exploración entre los géneros, identidad o roles de los personajes y qué fuiste descubriendo de tu propia escritura a partir de estos procesos?


Kirvin Larios:
Hace unas semanas volví a leer Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías. En una escena de esa novela el narrador cree encontrarse con su ex mujer en una calle de noche, pero no está seguro de si es ella. Cuando el narrador le habla y se presenta ante ella se cambia el nombre, y no sabe si la mujer, al darle también un nombre que no sería el suyo si fuera ella, le está siguiendo el juego de la suplantación o si en verdad cree que él no es él. Cuando escribí la escena del cambio de roles o de identidad o —más bien— de caracteres en el relato “Imborrable olorcito a cloro”, no tuve en cuenta esa escena, o no me acuerdo que haya sido así. Pero sí tuve en cuenta la representación sobre la representación, y que es desconcertante ser uno tanto como es desconcertante no serlo. La representación permite acentuar caracteres y hacernos conscientes de lo que decimos y cómo lo decimos, de lo que pensamos, de cómo nos relacionamos. No es que nos ayude a saber quiénes somos, más bien ahonda en la infinitud y la ambivalencia que somos y proyectamos. Por eso al escribir sobre un personaje no me interesa hacerlo como si lo conociera por completo. Estoy, más bien, destruyendo la idea que tengo de él. Me parece importante que los personajes vivan una transformación, que en algún momento se cambien las reglas del conflicto que están viviendo. Es una manera de poner en escena su intensidad, y de evitar caer en lugares comunes o en personajes prefabricados. Un texto no tiene que ser de ninguna forma, pero da cuenta de una intensidad, que está ahí en lo escrito o en la mirada de la autora o narradora. Tal vez de ahí proviene ese carácter machista y desagradable que señalas. Parte de la exploración de esa intensidad tenía que ver con mostrar ese lado de su carácter y en algún momento con ensayar que fueran otra cosa que también son.


Sheyla Durán Oviedo:
Lo que leemos atraviesa todos nuestros ejercicios de escritura. No sólo porque los textos de otros pueden ser fuente de inspiración y asombro, sino porque también sirven de guía para dar forma a la voz propia, a las atmósferas y el estilo que queremos construir. ¿Cuáles son algunos de los libros o autores que han influido en tu experiencia como cuentista, especialmente en el proceso de escritura de este libro?


Kirvin Larios:
Este libro se publicó en 2018, cuando tenía 25 años. Escribí un primer borrador entre 2011 y 2012 o 2012 y 2013 , por tanto las lecturas que hay detrás son casi mis primeras lecturas. Wislawa Szymborska, Fernando Vallejo, Fernando Molano, Guillermo Fadanelli, Kenzaburo Oé, Kafka, Chéjov, Flaubert… Había leído también a Efraím Medina Reyes. Este desfile de nombres me parece un poco pretencioso porque puede haber mucho o nada de ellos en mi escritura. (No había pensado, por ejemplo, en Marías, que mencioné ahorita y últimamente leo más. De modo que esa pregunta suele ser un poco utópica). Otra cosa que me parece pretenciosa decir, pero la voy a decir, es que no quería escribir como veía que se estaba escribiendo a mi alrededor. No quería crear argumentos ni peripecias verosímiles, cosa que seguramente sí hice. Pero cuando veía que lo que estaba escribiendo me llevaba a un lugar que me daba cierta comodidad, trataba de desviar la narración, tratando de decir lo que no quería o creía que no quería, como oponiéndome —o eso creía— a mí mismo. Quizá de ahí el humor de los textos, que nace de estar en contra, de contradecirse y de exponerse. 

Por entonces no había leído aquella afirmación de García Márquez que no es un consejo sino una confesión de su entrega amorosa al lector: “Si el escritor se aburre escribiendo, el lector se aburre leyendo”. Eso intentaba yo: no aburrirme. Quería que escribir fuera divertido. Además, había dejado la universidad, y lo que hice en algunos relatos fue describir el pedazo de ciudad que había recorrido más intensamente gracias a estar en Bellas Artes y andar por esa zona que debería ser cultural o patrimonial pero hoy es más bien una zona parcialmente en ruinas. También pensaba en el barrio donde he vivido más tiempo y en un parque cercano que no había sido remodelado. Caminar y pensar en esos lugares fue tan importante como leer —y es que uno también lee los lugares y sus transformaciones.

Pero si acaso hubo un libro que me hizo descubrir el libro que yo estaba por escribir, es un volumen de relatos de Guillermo Fadanelli titulado El día que la vea la voy a matar. En ese tiempo encontré una edición en .pdf que ya no creo que se consiga. Es un libro cómico, extraño, desobediente. Un libro que es sobre todo una mirada, y una mirada que encuentra su mayor acierto en autoridiculizarse, en ser feroz y en parodiar la tristeza y la inconsciencia de los habitantes de una ciudad. Desde el título, El día que la vea la voy a matar es también una provocación contra las formas convencionales de presentar un texto. Tal vez podría titularse, como el primer libro de relatos publicados de Kafka, Contemplación, que es también de narraciones breves.

Kirvin Larios Moreno

(Barranquilla, 1993). Escritor y periodista cultural.
Autor del libro de relatos Por eso yo me quedo en mi casa (Destiempo, 2018). Textos suyos han sido publicados en la antología de poesía Nuevo sentimentario (Luna Libros, 2019), en el Diario de la pandemia (Revista UNAM, 2020) y en la antología de cuento Puñalada trapera II (Rey Naranjo, 2022). Trabajó en las redacciones de El Heraldo, Infobae y El Colombiano. Ganó el Tercer Concurso de Crítica Literaria de la revista Letras Libres. Actualmente es coordinador editorial en la Fundación Gabo.

Sheyla Durán Oviedo

(Bucaramanga, 1998). Investigadora y crítica literaria.
Estudiante de la Maestría en Ciencia Política de la Universidad de los Andes. Internacionalista de la Universidad del Norte (Medalla de Plata a la Excelencia Académica). Ha trabajado como asistente de investigación en proyectos académicos y de consultoría, en temas de participación política y movilización social de mujeres. También es correctora de estilo independiente. Actualmente trabaja como asistente graduada del Centro de Español de la Universidad de los Andes. 

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