Esa Gordita sí baila: Una novela fuera de serie

Farides Lugo Zuleta

La primera edición de la novela Esa Gordita sí baila, de la escritora Lya Sierra, apareció en 2004 en un ejemplar sencillo que vio la luz pública gracias a los esfuerzos personales de la autora. Hace 16 años no era tan común la autopublicación, actividad que hoy es muy frecuente en los medios digitales; pero era un camino ampliamente escogido por las escritoras en Barranquilla si querían materializar sus libros. En este caso, Lya Sierra acude a una editorial que es igual de ficcional que su novela: El Viajero Rojo. En 2019, en un foro de escritoras del Caribe colombiano [1], bromeó con la necesidad de crear una editorial que se llame: “Bolsillo Propio”, pues con sus propios recursos ha publicado la mayoría de escritoras de su generación. 

Esa Gordita sí baila ha circulado de manera minoritaria. La autora se encargó de distribuir, poco a poco, sus ejemplares durante años. En febrero de 2020, por fortuna, apareció una segunda edición, también gestionada por el compromiso personal de la autora con su libro. Sin embargo, este flujo reducido es inversamente proporcional al dinamismo y excesos del universo de esta novela, los cuales la hacen, sin duda, un libro sobre el que hay que escribir, reflexionar y volver, eso sí, varias veces. Por ello, Aluvión quiso apoyar la difusión y circulación de esta novela tan valiosa para la identidad e imaginarios del Caribe colombiano. En los talleres que le dedicamos, la obra logró conectar de inmediato con los lectores, quienes encontraron en ella una ciudad cercana, real, cotidiana y la describieron como musical, expresiva, sensual, vital, agitada, ruidosa, de la calle y de la esquina; dividida por desgracia; oral y llena de historias.      

El personaje creado por Lya Sierra, Gordita, resulta genuino en toda la extensión de la palabra, empezando por su anti-nombre. Gordita es una joven popular de la Barranquilla del setenta, amiguera, vanidosa, salsómana, buena vida, seguidora del Junior y adicta a endeudarse para darse sus gustos. Ella nos narra su particular visión de mundo: cómo percibe a la ciudad que habita a través de la música, la fiesta, las emisoras, las vecinas chismosas y sus compañeros de trabajo. Gordita narra su vida para otra mujer, una amiga, una futura lectora, y desde allí nace su palabra, que no es más que un fluir alucinado de refranes locales, metidas de pata y contradicciones. Desde las primeras páginas del libro podemos leer una voz que se construye con cada palabra de una manera real y auténtica, a tal punto que la sentimos sentada a nuestro lado en una mecedora echando el cuento, los cuentos, de su vida: 

Aquellos, aunque no son muy lejanos, eran otros tiempos. Y yo lo rememoro todo a la perfección. Porque uno también tiene su historia, ¿sí o no, amiga mía?  Yo no soy ministra ni anunciadora de televisión, ni atleta olímpica ni modelo, pero tengo lo mío. Y aunque no esté en las pasarelas, las telenovelas o los estadios, tengo lo mío entre pecho y espalda. Y para mí lo de uno es tan importante como lo de los otros. ¿Qué es eso de creer que sólo la gente que sale en los periódicos es la que tiene o merece una historia? Uno, aunque no tiene billullo, o apellido famoso, o sangre azul, también tiene su importancia. ¿Sí o no, amiga mía? ¿Por dónde comenzar? Por donde sea. La vida no tiene comienzos (…). (p. 7)

El trabajo con el lenguaje en esta novela es una tarea de admirar, pareciera una gran colcha de retazos, de esas que cosían nuestras abuelas, que en vez de tela une dichos. El resultado: un tejido colorido, recargado de elementos populares, que no podemos dejar de admirar y observar por la riqueza de detalles; es adictivo, seductor, desmesurado, popular, opuesto al arte culto que tanto veneramos; habita el reino rebelde de lo vulgar al tiempo que es magistral y agudo en la representación de su propio universo; esta novela es una obra con sus propias pretensiones totalizadoras y las cumple para satisfacción del lector que termina seducido y trasnochado mientras contempla con una sonrisa el baile hipnótico de la vida de Gordita, quien nos enreda con su palabra encantadora y su swing sin igual. Ya lo había anotado Aníbal Tobón en una pequeña semblanza halagadora: “después del Quijote, no había visto un libro con tanto dicho incorporado” [2]. También concuerdo con las semejanzas que plantea Tobón entre esta obra y líneas familiares que nos llevan a la exploración de la salsa en ¡Qué viva la música! de Andrés Caicedo, al igual que lo hicieron varios asistentes al taller de Aluvión, quienes de inmediato trazaron líneas comunicantes entre Gordita y las representaciones del Valle del Cauca ardiendo en salsa en la literatura del setenta.  

El trabajo con el lenguaje en esta novela es una tarea de admirar, pareciera una gran colcha de retazos, de esas que cosían nuestras abuelas, que en vez de tela une dichos. 

Las anécdotas y disparates de Gordita le suman a la obra algo tan escaso en la literatura canónica colombiana conservadora y seria: humor. La risa vendrá obligatoriamente al lector que recorra estas páginas, la risa y la sonrisa ante el absurdo y las ocurrencias de esta mujer tan peculiar. Gordita lucha desde su aparente inconsciencia contra la seriedad y tiranía de la sociedad que la quiere en casa temprano, casada y con hijos. Gordita se burla de todos estos convencionalismos y etiquetas, haciendo lo que se le venga en gana. 

El argumento de la obra, en medio de un largo desfile de referentes culturales populares (la salsa, las emisoras, los concursos de baile, el fútbol, el Carnaval, los refranes, entre otros) que le brindan una diversidad abrumadora, tiene como escenario cíclico el Carnaval de Barranquilla, el gran momento de transgresión y compensación social (antes de que todo siga exactamente igual: jodido), y como eje central temático los amores de Gordita: el novio con el que no sacia su deseo sexual; el novio con el que sacia su deseo sexual pero al que le falta “algo”; y luego el “algo” que es el tercer hombre, su amante, de otra posición social con el que todo, por obvias razones, se va al desmadre. La novela, a pesar de crear un personaje femenino de una irreverencia extraordinaria, todavía lo presenta con las contradicciones y ambigüedades propias de los sujetos que están en resistencia y búsqueda. A fin de cuentas, en este sistema de valores que padecemos, las mujeres nunca se han podido salir por completo con las suyas: tarde o temprano llega el castigo moralizante; a esta protagonista le llegó vestida de diabla en pleno Carnaval por tener un amante, cosa imperdonable para una mujer (ya lo deja saber la novela desde las primeras páginas con la terrible historia de exilio de la esposa del tendero) y, peor aún, por explorar con ese amante las comodidades de un mundo que le es prohibido por nacimiento debido a su condición de “chica popular”. Por lo menos, antes de la caída definitiva, Gordita se da sus momentos de goce, de irresponsabilidad, tan amenazantes para las etiquetas de una mujer de bien.

Y, a propósito de las señoras de bien, es imposible no trazar una línea entre Lya Sierra y Marvel Moreno. Es de celebrar la visibilización que la obra de esta última ha tomado gracias a trabajos tan esforzados de difusión e investigación como el de Mercedes Ortega [3] en Barranquilla. Por fortuna, muchos lectores han vuelto sus ojos a la obra de Marvel Moreno y han disfrutado de su evidente grandeza literaria y sentido crítico. Pero, salta a la vista que la Barranquilla de Marvel es la del Country Club, la de la sociedad privilegiada, la del Prado y el esplendor arquitectónico de la ciudad; en ella reina el silencio de las mansiones apartadas, la quietud de las casa quintas asfixiadas en el ostracismo voluntario, ajenas a la bulla de la calle popular; cuando aparecen los otros mundos que constituyen a Barranquilla: lo negro, Barrio Abajo, sentimos enseguida el exotismo y la superficialidad; y es normal, ningún escritor tiene la obligación de abarcarlo todo. Entonces, la lectura de Lya Sierra resulta la otra cara de la moneda, suponiendo limitadamente que solo tenga dos caras (por supuesto, no es así. La misma Lya Sierra afirmó en los talleres que existen muchas Barranquillas, y ella se dedicó a narrar una de tantas). Con Esa Gordita sí baila vamos al fondo de la Barranquilla popular: la de La Cien, La Troja, el estadio, los prestamistas, el chisme del barrio, los trabajos mediocres; la de la gente que no tiene en qué caerse muerta, pero se la goza, carnavalea a morir, y aparenta después de la fiesta que en su mesa hay más para comer que sancocho de capuchón y arroz de monocuco. 

Por su parte, el académico y escritor José Luis Garcés clasificó esta obra dentro de las novelas de formación (Bildungsroman) en el prólogo a la segunda edición; sin embargo, para Lya Sierra y para Aluvión, aunque la Gordita presente los peldaños de una posible educación sentimental, no narra en realidad el crecimiento de la protagonista, su madurez y ascenso. Por el contrario, la ambigüedad (entre una vida convencional sustentada afectivamente por la compañía de un hombre y sus deseos de emancipación y goce) encerrará al personaje que, a pesar de su anarquía, no logra escapar por completo de la castración. Y esto lo sabemos por el lugar de resignación desde el que narra una Gordita adulta, que nunca pudo concebir su vida sin tener en ella a una figura masculina que le diera sentido. 

Es sorprendente que esta obra no haya sido más reseñada, comentada, viralizada. Que no se diga entre los círculos de lectores: “¿Quieres leer la novela más barranquillera del mundo?”. Los procesos de publicación para las mujeres son más lentos, arduos, la difusión es más accidentada. Pero, así como vino “el tiempo de las amazonas”, vendrá el tiempo de brillar baldosa con Esa Gordita sí baila y estudiar la riqueza indescriptible, abarcante, de esta novela total. 

Es demasiada tela para cortar. Pero, el lector tiene garantizado el disfrute constante, el divertimento y la reflexión en cada página. Gordita nos atrapa, nos cubre con su gran manta de retazos de la palabra y el recuerdo. El resultado es una obra sin precedentes en nuestro contexto local, pero que, seguramente, está dialogando y trazando conexiones con un Caribe global, apenas sospechado [4]. Gordita no es como las señoras del barrio que pierden su tiempo viendo telenovelas: ella se rebela, se larga para la calle mientras puede y hace de su vida una experiencia fuera de serie.

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[1] Me refiero a la Jornada “La cocina de la escritura”: mujer y literatura en el Caribe, organizada por Mercedes Ortega y Mónica Gontovnik en la Universidad del Norte. Este evento tuvo lugar el 06 de septiembre de 2019. 

[2] El texto completo de Tobón se puede leer en: https://bibliotecapiloto.wordpress.com/2012/06/05/esa-gordita-si-baila-la-novela-de-lya-sierra/ 

[3] Recomiendo la lectura de su libro de investigación, resultado de su tesis doctoral, Cartografía de lo femenino en la obra de Marvel Moreno (2019, Ediciones Uninorte). 

[4] En los talleres sobre esta obra, por ejemplo, vimos cómo se hermanaba su estilo con algunos textos de las escritoras puertorriqueñas Carmen Lugo Filippi y Ana Lydia Vega.

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Este ensayo se realizó gracias a la Beca de Crítica Cultural y Creativa 2020, ofrecida por el Ministerio de Cultura (Colombia). Aluvión fue uno de los proyectos ganadores de la mencionada beca.

Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Lya sierra.

    Buen día querida Fari. Excelente análisis de la novela. Gracias por esa profunda mirada crítica. Un gran abrazo.

    1. Joanne Rochette

      Muy interesante! Una análisis rica, pertinente y inspirante!

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